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Enterremos la sardina, pero no la realidad

Hemos acompañado en su viaje último a la sardina del carnaval. Una vez más ha tenido lugar una ceremonia de la que disfrutamos repitiendo una tradición ancestral que forma parte de la fiesta pagana, como todo el carnaval.
En el paganismo y en algunas religiones al fuego se le atribuye un carácter purificador. Sus llamas tienen el poder mágico de devorar lo indeseable, todo aquello que queremos eliminar de nuestras vidas. El Entierro es la victoria de don Carnal sobre doña Cuaresma. El paso por la hoguera permite restaurar el orden subvertido por la fiesta, siendo el fuego símbolo de regeneración y liberación. Con el entierro y con otras ceremonias similares, se invita al pueblo a una reflexión colectiva y se le llama al orden.

Mágicamente muchas otras cosas son incineran con las llamas: aquellos elementos indeseables que queremos apartar de nuestras vidas, de nuestra realidad.
Entre nosotros el origen de este rito se sitúa en Madrid. A mediados del siglo diecinueve un grupo de estudiantes que se reunían en la rebotica de la farmacia de San Antón, decidieron formar un cortejo fúnebre presidido por una sardina, que simboliza el ayuno y la abstinencia, dando vida al festejo carnavalesco que se celebraba el miércoles de ceniza. Tal vez nunca pensaron en la popularidad que, andando el tiempo, llegaría a tener esta fiesta. El genial Francisco Goya (entre 1812 y 1819) pintó una obra de pequeñas dimensiones denominada “El entierro de la sardina” junto con otros cuadros costumbristas.

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Muchas fiestas españolas terminan con ceremonias similares en las que se quema o maltrata una figura simbólica que representa los vicios y el desenfreno que han aflorado durante la fiesta. Algunos ejemplos de este tipo de ceremonias son la Fiesta del Judas o la quema del haragán.
El origen del carnaval se sitúa en las Saturnales Romanas, aunque prácticas similares también fueron realizadas por otros pueblos: griegos, celtas, teutones… En todos ellos existía la costumbre de pasear carrozas con ruedas mientras se interpretaban encima de ellas danzas provocativas y obscenas. Se trataban de rituales religiosos donde la sátira y el desenfreno era la norma.

Solían dichos rituales concluir con sacrificios de sangre. En Roma por ejemplo, los soldados elegían al más bello de entre ellos y le proclamaban rey en ese periodo. Durante los días de celebración se le trataba como el rey, y disponía de todos los poderes al efecto, por parte del resto de soldados. Cuando llegaba el último día era obligado a suicidarse sobre el altar del Dios Saturno.

En cada momento social el imaginario colectivo siente la necesidad imperiosa de festejo y algarabía, y también de quemar, mágica y ceremonialmente los sucesos penosos y desagradables.
Pero es sólo un fuego simbólico; no podemos permitir que nuestro sentido común se inmole junto con la preciosa y mítica sardina carnavalera.
En la actualidad padecemos importantes dificultades económicas, problemas de suministro eléctrico, deficiencias de las infraestructuras que se evidenciaron con el reciente temporal. Tantas y tantas cuestiones deseamos en canarias que se “hagan humo”, con el trepidar de las llamas.
En muchas ocasiones las autoridades juegan a ello, a esconder con oropeles y fuegos de artificio las carencias cotidianas. Sin embargo, la capacidad de disfrute y diversión no debe ser obstáculo para contemplar inteligentemente nuestro entorno. Las fiestas de carnal son breves y en cambio es extensa la realidad.

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