No casualmente usamos frases como “se me partió el corazón”,me ha llegado hasta las tripas”, “se me hiela la sangre”. Podríamos seguir rastreando dichos populares y refranes que suelen manifestarse de forma similar en distintos idiomas.

El cuerpo es la sede de nuestros sentimientos y este aspecto es imprescindible remarcarlo una y otra vez.

Existe una importante tendencia a considerarlo como una máquina que opera por sí sola, como una suerte de autómata. A veces también desde la medicina.

Cuando decimos “no trago a Juanito” queremos significar ni más ni menos que no compartimos su forma de sentir o de comportarse, que no nos identificamos con él, y es evidente que el aparato digestivo en su conjunto se revela en situaciones difíciles, dificultando la digestión o impidiéndonos ingerir alimento alguno.

Los sentimientos más profundos de tristeza y dolor hacen que “me duela el corazón” y cuando nos enfrentamos con el miedo a veces “me tiemblan las piernas”.

La rabia o las expresiones de enfado o malestar también se expresan con palabras referidas al cuerpo “me dan ganas de vomitar”, “me he quedado sin habla”, “no puedo ni respirar”

Estas expresiones no son banales sino que reflejan fielmente los sensaciones de pena, miedo, asco, dolor. La alegría se manifiesta con ligereza” estoy flotando”

Los médicos de urgencia saben perfectamente que más de un paciente, presa de gran ansiedad, acude a consulta porque cree ser víctima de un infarto; “el corazón se me sale del pecho”.

Un accidente, la pérdida de un ser querido o un problema intenso pueden desbordar al sujeto. Es incapaz de procesar y pensar lo que está sucediendo y se desata la emoción a través del cuerpo. Se produce un cortocircuito.

Entre el soma y la emotividad existe una ida y vuelta. Si relajamos la musculatura procuraremos sensaciones psíquicas de bienestar y los dolores articulares pueden mitigarse. El organismo entero se beneficiará.

Este principio opera en la práctica del yoga, en los masajes, en el ejercicio físico, la hidroterapia.

En el extremo, si exageramos la práctica deportiva además de conseguir lesionarnos podemos aumentar sentimientos de crispación e impotencia.

Otro apartado merecen los profesionales del deporte que cuentan con recursos imprescindibles y a la medida de sus esfuerzos y objetivos.

Los deportes de riesgo que se han puesto en boga en los últimos tiempos colocan al cuerpo en situaciones extremas y peligrosas. La rivalidad entre los practicantes, la obsesión por fotografiar la “hazaña” en las redes sociales llega al punto de provocar accidentes mortales. Despiertan fuertes sentimientos de satisfacción pero el riesgo revela también tendencias autodestructivas en grado diverso.

En la época actual, donde el culto al cuerpo está colocado en el centro de interés en todas las edades, muchas lesiones se producen por la inadecuada práctica deportiva. Gran paradoja.

No se puede aislar el deseo del cuerpo perfecto con los sentimientos de competencia, rivalidad. También y en gran medida por el exhibicionismo que invade las redes sociales. En estos casos al cuerpo no se lo escucha: se lo ataca en pro de una imagen irreal.

Con el importante avance de la farmacopea hemos depositado en la medicación una especie de magia de resultados rápidos ante los malestares.

Al mismo tiempo, nos hemos tornado un tanto remolones en poner en práctica pequeñas y fáciles fórmulas tradicionales para aliviar el  malestar corporal.

¿Y si le hablamos?

Es obvio que las palabras resuenan no sólo en los oídos sino en el cuerpo todo. Hay palabras que curan, otras que halagan, las hay que dañan.

La literatura romántica por ejemplo da cuenta del efecto profundo que las palabras lisonjeras varoniles tenían en las damas de la época.

La cadencia de la voz, la ternura y musicalidad de las canciones infantiles dejan profunda huella. Van acompañados de otras sensaciones intensas de tacto y olfato.

Los olores de la infancia: el osito de peluche, los juguetes, la textura de las telas.

Uno de los objetivos de la psicoterapia es obviamente hablar. Así se consigue  poner en juego las emociones que han sido atrapadas por los recuerdos y que se manifiestan corporalmente.

La historia vital marca profundamente el soma, seamos conscientes de ello o no.

Hay personas que se describen como una sucesión de huellas de cirugía o traumatismos.  Pueden dar la impresión que su identidad es eso: un calvario con fechas, detalles. Suelen mostrar las heridas con gran desenvoltura, pormenorizadamente. Llegan a creer que ese cuerpo doliente puede predecir los cambios climáticos: hará más frío o lloverá porque tal o cual miembro me molesta más que siempre.

El cuerpo nos habla de una forma particular y como una madre con su bebé es interesante que aprendamos a oírlo atentamente, a interpretar sus quejas y tratar de aliviarlas sin medicalizarlo de forma inmediata.

A menudo la publicidad nos invade con un reclamo: debemos mimarnos. Esto implicaría un sinfín de potingues varios y alimentos especiales que parecen medicamentos por sus efectos cuasi milagrosos. Y también múltiples intervenciones estéticas para ser más parecida a una muñeca plástica que a un ser viviente. En las mujeres se deben agrandar los labios al infinito y los hombres, entre otras cosas, tapar las huellas de la alopecia.

Escuchar y hablar al cuerpo, algo tan complejo y delicado. En constante transformación es el centro de la identidad subjetiva.

El cuerpo es nuestro primer territorio:  a lo largo de la vida lo incorporamos, explorando y aceptando su cualidad única y sus incesantes transformaciones. La vestimenta con que lo protegemos y cubrimos simboliza al tiempo los estados de ánimo y la imagen que queremos ofrecer a los demás.

Este proceso personalísimo con sus vericuetos y meandros no admite huida ni transición alguna.

Desde la proliferación de las redes sociales la imagen que se proyecta puede jugar una partida un tanto equívoca con nuestra auténtica identidad.

Una borrachera de reflejos falsos de bienestar, de felicidad permanente, más propios de un corto publicitario que de la realidad. El valor de la intimidad ha desaparecido del imaginario social. Por el contrario, parece que lo que no se muestra no existe.

La verdad de nuestro cuerpo siempre gana la partida porque está impregnado de nuestras emociones más profundas y la envoltura de los disfraces no consiguen taparlas.

Tal vez gran parte de la historia humana consiste en responder a sus enigmas.

La famosa frase de Freud encierra un cúmulo de sabiduría y “El yo es ante todo un yo corporal” (El yo y el ello)

Susana Isoletta Psicología Clínica en Sevilla

Susana Isoletta

Especialista en psicología clínica y psicoanalista