ARTÍCULOS EN MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Público y privado, temas de la post-modernidad
(La Opinión- Santa Cruz de Tenerife)
Los programas basura cuya única tarjeta de validación es la audiencia, son la expresión última de esta especie de “carnaval de emociones verdaderas”.
Es difícil, al menos para mí, abstenerme del rechazo que me provocan programas del tipo “Gran Hermano". Este y otros por el estilo compiten por captar los niveles de audiencia más altos; sobre todo produce rechazo y desconcierto que consigan ese objetivo.
Un articulista de “El País” escribía: “Hay una fusión completa entre la realidad y su representación. Y seguramente es lo que más fascina tanto al público de masas como a la intelectualidad” (Gérard Imbert, Profesor de Universidad de la Sorbona, 16 de mayo de 2000). No obstante, más allá de los gustos y preferencias de cada cual, es ésta una cuestión acerca de la cual creo importante reflexionar.
El espacio de lo privado, en contradicción y diferencia con el espacio público, es un “invento social” relativamente reciente. Esta dimensión de nuestra vida cotidiana, tiene su origen con el advenimiento de la burguesía. Aún así, la intimidad es patrimonio de las clases acomodadas. El espacio privado se constituye en un primer momento como un privilegio de clase, el resto de la población(los campesinos y obreros) continúan viviendo en condiciones de hacinamiento.
Esta necesidad de intimidad se fue difundiendo paulatinamente a todas las clases sociales, marcándose con gran nitidez el espacio de lo público como radicalmente diferente del privado.
Los programas de televisión pueden otorgar una cierta dimensión de esa transformación. En los últimos años se produce un fenómeno particular: los reality show, la televisión -basura, concursos, etcétera.

El film "El show de Truman", (Weir, 1998) narra de forma brillante la confusión entre la ficción y la realidad.
El espectador sale de su poltrona para ser un sujeto activo del programa. Y con ello el morbo se instala como principal reclamo. Del tradicional cotilleo con los detalles y entresijos de los personajes famosos, los detalles íntimos inundan todo el espectáculo.
Personas de toda condición, particularmente las menos favorecidas por la cultura, el dinero y el poder, exhiben lo más escabroso de su privacidad; todo trapo sucio es bueno. Todo esto es sazonado por una edulcorada dosis de emoción. Lágrimas, penas, cuanto más, mejor. La conmovedora alegría de una persona que se reencuentra sorpresivamente con un pariente que vive en otro continente es auténtica. La cuestión es que ese sentimiento verdadero es trivializado, manipulado, al transformarlo en un espectáculo para obtener mayor audiencia (Programa Sorpresa-sorpresa).
Los programas “basura” cuya única tarjeta de validación es la audiencia, son la expresión última de esta especie de “carnaval de emociones verdaderas”. Se muestra a la curiosidad del televidente una supuesta intimidad. En realidad, todos sabemos que aquello es una ficción. Hortera y chabacana, pero ficción al fin; que se mezcla con las intimidades de los personajes, en un destape de “rincones turbios” de la historia personal.
Adición 2006: este artículo fue escrito hace seis años. Desde entonces la venta de la mascarada de la intimidad se ha extendido a otras esferas sociales; la diferencia radica en el precio que otorgan a sus objetos íntimos, y en la espectacularidad de los conflictos a exhibir: infidelidad, prostitución, los malos tratos son los temas predilectos.
Problemas con los hijos adolescentes
(Federación Nacional de Esteticistas. Mayo de 1999)
No existen fórmulas mágicas para situar y resolver estas cuestiones, pero hay un camino siempre abierto: la reflexión serena que posibilite situar sobre todo a los adultos, en la piel de nuestro desgarbado hijo o hija rebelde.
«No soy niño ni hombre, soy una cosa con ojos que anda por ahí» (comentario de un adolescente canario en un grupo de padres).
La palabra de los padres: «ahora quiere ser independiente. Permito que haga lo que quiera». «Se pasa tardes enteras encerrado y no quiere hablar con nadie... ¡Tiene unas manías! Le ha dado por no ducharse». «No se puede hablar con ellos, no aceptan un consejo».
La reflexión adolescente que encabeza el artículo, nos da una idea de la enorme dificultad que implica esta etapa de la vida.
En ellas se sientan las bases, casi definitivamente, para la constitución de la identidad, de ahí su trascendencia.
Superficialmente se puede creer que la cuestión radica sólo en el éxito en el trabajo o en la elección de una carrera profesional. Estos constituyen aspectos del problema. Construir una identidad es una tarea mucho más ardua: establecer normas éticas, un punto de vista personal frente a si mismo y el mundo que le rodea. El joven define aquí cuales serán sus inclinaciones sexuales: hetero u homosexuales; de ahí la necesidad de la pandilla, de los ídolos.

Los padres viven el distanciamiento de los hijos, sus «caprichos», la falta de confidencias como desamor, se sienten ignorados: «no se puede hablar con ellos, no aceptan ningún consejo». Aunque quieran mostrarnos su independencia a ultranza, también el adolescente funciona como un niño desvalido. Esa es su paradoja y la de los padres. La rebelión no es por falta de amor, debemos comprender que la rebelión adolescente es una necesidad de su evolución psicológica. Si debemos leer dentro de su sensibilidad veremos que es uno de los momentos de la vida de mayor inseguridad, donde todos los caminos se abren y es muy difícil escoger. Sólo con mucho apoyo amoroso y comprensión paterna podrán salir airosos de esta crisis.
Ante este conflicto los padres pueden potenciar ese aspecto infantil, dependiente, inexperto, a veces candoroso del adolescente o potenciar su capacidad de independencia y la asunción de responsabilidades.
Chicos y chicas sumisos, irresolutos, que se alberguen siempre bajo el cobijo del amor y la protección familiar son poco conflictivos, en apariencia. Engañosamente la protección los ampara de un mundo hostil y cuajado de peligros (drogas, grupos agresivos); con esta realidad deberán enfrentarse tarde o temprano.
Adolescencia, encrucijada. Encuentro de caminos entre la infancia y la juventud. Paradojas para padres e hijos. No existen fórmulas mágicas para situar y resolver estas cuestiones, pero hay un camino siempre abierto: la reflexión serena que posibilite situar sobre todo a los adultos, en la piel de nuestro desgarbado hijo o hija rebelde.
Prólogo al libro “La Santa Anorexia” de Sergio Hinojosa:
("Santa Anorexia". Granada. Febrero 2008)
En el texto los cuerpos de las santas anoréxicas emergen con todo el vigor de su sintomatología, sin otra aureola de beatitud que las que concede el verbo que exalta y explica el propio goce en clave religiosa.
Los escritos de Sergio Hinojosa se caracterizan por ser exhaustivos: en el campo psicoanalítico, en los temas filosóficos y en las cuestiones inherentes a la educación.
Un afán de reflexión en profundidad que el autor lleva a cabo sin estridencias, casi con humildad. En tiempos de pensamientos lineales, reiterativos o políticamente correctos el rigor y la riqueza de sus ideas estimulan la reflexión. Esta ha sido mi experiencia y lo será sin duda para aquellos lectores que se acerquen al texto.
Plantear la cuestión de la anorexia como “un modo de ser” implica un cambio radical en la perspectiva desde la cual podemos analizar y pensar a estos sujetos. Despatologizar la anorexia, rescatándola del afán clasificatorio que nos invade por doquier tiene sus consecuencias desde el punto de vista teórico- clínico pero fundamentalmente desde una perspectiva ética.
Por una parte, las hipótesis de Hinojosa son complementarias con los planteamientos desarrollados en algunos trabajos antropológicos (1) y psicoanalíticos (2) recientes y por otra interroga fuertemente a la psiquiatría y la psicología actuales en sus abordajes terapéuticos. Al mismo tiempo aporta un punto de vista novedoso a la perspectiva psicoanalítica desde la cual suelen enfocarse la anorexia y la bulimia.
La concepción de la “santa anorexia” permite situar la enfermedad y su nomenclatura en el contexto social correspondiente. Éste determina el espacio al que la sujeto será asignada: poseída por la divinidad o el maligno, o en un topos pretendidamente aséptico vinculado a las nociones de salud y enfermedad.
En el texto los cuerpos de las santas anoréxicas emergen con todo el vigor de su sintomatología, sin otra aureola de beatitud que las que concede el verbo que exalta y explica el propio goce en clave religiosa. Los fantasmas que recrean contienen los enigmas que Freud desvelara en la novela familiar del neurótico.
Hinojosa los deshila, los desmadeja, en una tarea de filigrana siguiendo paso a paso la biografía, reconstruyendo prolijamente también el entorno discursivo en el que se desarrollan.
Enhorabuena a este trabajo que nos deleita por la sólida documentación de las fuentes, y por la elaboración teórica consecutiva. Nos queda ahora dar un paso más instrumentando sus aportaciones en el estudio de los casos clínicos, pero esa tarea corresponderá a todos nosotros, sus lectores.
1)Somos lo que comemos. (2002) Gracia, Mabel. Editorial Ariel.
2)La anorexia como síntoma social (2003) Isoletta, Susana Editorial Experiencia
Presentación del libro "No comerás"
(web de Editorial Icaria. "No comerás". Eds.Commelles y Arnaiz.Coautora:S. Isoletta. Marzo 2008)
El cuerpo se convierte en una suerte de buque insignia de la identidad del sujeto, un cuerpo que se me antoja transparente, vaciado de las metáforas con las que la literatura romántica lo adornara
En primer lugar deseo agradecer públicamente la generosidad de los profesores Jose María Commelles y Mabel Gracia Arnaiz por haberme invitado en calidad de psicoanalista, a colaborar en las investigaciones que han dado como resultado este libro.
La convergencia de las miradas de la antropología y el psicoanálisis es ya histórica desde los trabajos de Freud y en el caso que nos ocupa, la anorexia, la bulimia o los frecuentemente se denominan Trastornos de la Conducta Alimentaria, ha resultado ser muy rica y productiva.
Menciono expresamente la palabra rica para entrar en el campo que hoy nos atañe: las vicisitudes de lo oral, ya que rico también se le llama a los manjares. La gracia y desgracia del comer, con todo lo que ello implica.
En los años 60 Marcuse definió nuestra civilización como carnívora refiriéndose a la sociedad occidental industrializada que nos impele a consumir sin límites. Casi medio siglo después podemos decir que nuestro entorno social se ha perfeccionado y desarrollado en su voracidad, y una manifestación de ella se refleja en la prevalencia de la anorexia y la bulimia.
Nuestro cuerpo como una representación de la propia identidad adquiere una nueva dimensión en el registro imaginario. El cuerpo se convierte en una suerte de buque insignia de la identidad del sujeto, un cuerpo que se me antoja transparente, vaciado de las metáforas con las que la literatura romántica lo adornara.
Los ojos ya no son de rubí, ni la piel femenina representa la tersura de un pétalo de flor. El cuerpo del que habla y hace referencia el discurso actual es un instrumento de la medicina y la fisiología por una lado, y objeto también de múltiples mandatos que hacen a una alimentación medicalizada y en el imaginario social una especie de vaciado que debe reunir unas medidas y proporciones adecuadas para poder ser considerado un objeto valioso y deseable.
Este cuerpo-identidad ideal no es el que se pasea por las pasarelas, podemos decir que ese cuerpo, que no envejece y sobre todo, no trasmite ninguna emoción, es más objeto y reino de la cirugía plástica que del ser humano que lo habita. Ese cuerpo ideal parece más bien una máscara de la muerte.
Desde otra perspectiva podemos afirmar que a lo largo de la historia las enfermedades psíquicas han revelado el malestar del sujeto en su cultura.
La enfermedad es una forma de poner nombre al dolor, al sufrimiento, al desasosiego del vivir, a la queja cotidiana. Luego de las grandes guerras los combatientes sufrían neurosis traumáticas, en una sociedad voraz las mujeres no comemos, comemos mucho, vomitamos o comemos mal. Y no nos gustamos a nosotras mismas y nuestros cuerpos muestran el otro lado de la moneda, el lado monstruoso de las cicatrices de ese cuerpo ideal e imposible.
La anorexia y la bulimia pueden formar parte también de ese mandato social. Madres y padres acuden a la consulta con la lección aprendida: mi hija tiene esto, lo he leído.
Los pacientes se buscan en internet (y se encuentran) y reproducen sus síntomas. Y esta joven que antes se llamaba María ahora se dice a sí misma que es una anoréxica. Las consecuencias perjudiciales de esta identificación pueden significar representar la enfermedad, escenificando sus síntomas.
En los relatos de las pacientes que encontrarán los lectores no aparece en absoluto el cliché que los medios de comunicación y cierto discurso médico ha difundido sobre la anorexia y la bulimia. Los síntomas obsesivos, histéricos o cuadros francamente psicóticos revelan que el trastorno alimentario constituye una manifestación sintomática más del malestar pero que de ninguna forma puede ser considerado un cuadro en sí mismo.
Afortunadamente los seres humanos somos más ricos y complejos que los estereotipos de nuestro tiempo. Clichés simplificadores que, en un lenguaje sencillo y políticamente correcto, pretenden ofrecernos como modelos identificatorios, como espejos donde buscarnos.
Esto es lo que pretendemos reflejar en nuestro texto. Y eso es lo que muestran las pacientes en sus relatos, en sus crónicas de vida.
Anorexia- bulimia
(Revista Poble Nou. Barcelona. Octubre 2007)
Sin embargo, la cuestión de la comida se puede convertir fácilmente en un campo de batalla entre madre e hija, y de la misma manera que en una lucha militar, ambas despliegan todo tipo de tácticas y estrategias para conseguir sus objetivos.
Habitualmente se atribuyen las causas de la anorexia a los efectos no deseados de una dieta de pérdida de peso. “Empezó por un régimen que encontró en una revista, de esas que suelen llamarse “dietas milagro”, luego fue quitando cada vez más alimentos hasta que finalmente se comenzó a automedicar. Se hizo una experta en nutrición, pero una experta que estaba obsesionada por la balanza. A medida que ella se obsesionaba en no engordar, yo me obsesionaba en su peso pero en un sentido opuesto, me convertí en una especie de guardián de la mesa. Se creó tal situación de tensión que mi hija optaba por encerrarse en su cuarto a llorar, cada mediodía se convertía en un drama” (relato de la madre de una paciente).
Desde nuestro punto de vista los trastornos alimentarios se producen como resultado de situaciones conflictivas tanto en la esfera social o familiar, el deseo de adelgazar en sí mismo no constituye una causa de la enfermedad.
Sin embargo, la cuestión de la comida se puede convertir fácilmente en un campo de batalla entre madre e hija, y de la misma manera que en una lucha militar, ambas despliegan todo tipo de tácticas y estrategias para conseguir sus objetivos.
La función del terapeuta es entonces crucial: desatar el nudo de conflictos y de lucha de poder que se juega en el campo de la mesa, en los detalles del plato. Potenciar la capacidad reflexiva de ambas con la participación de otros miembros de la familia: padre, hermanos, pareja pueden ayudar a las contrincantes a dirimir sus diferencias en un campo diferente. Hablar y pensar, desentrañar los sentimientos encontrados que están en juego.